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Breve historia de cómo nos convertimos en lo que somos

2006. Lluvia, cesantía y soltería.

Dos lucas para una cerveza en el “Bodeguero” de Manuel Montt era todo lo que había en las mochilas. Fuera de un cuaderno con todas sus hojas inmaculadas, era todo el bien material que nos podían embargar. Pero ni deudas habían. Solo trabajos, peguitas y pololas temporales. Una vida part-time.

Como éramos tres, en realidad alcanzaba para seis cervezas que nos tenían que durar toda la tarde. Toda la vida si fuera posible. Había que desarreglar el mundo. Había que hablar de sueños, y de la próxima junta. Nos juntábamos una vez por semana. Pero ese día fue la última.

No nos sentamos donde siempre, pero pedimos la de siempre. “Una Escudo con tres espadas”, partió pidiendo uno de nosotros antes de comenzar la primera reunión. Inclinamos los vasos plásticos, llenamos hasta el tope y esta vez…al seco. Sabíamos que sería distinto.

“¡Ya, ¿qué hacemos?”! Lanzó el primero, frotándose las manos. “Yo soy diseñador, me puedo encargar de eso” – dije. “Yo le pego a la fotografía”, dijo otro, empinándose el concho que le quedaba en el vaso y dejándolo en la mesa de madera.

La primera cerveza rayamos algunas hojas, tirando líneas, borrando y re-escribiendo. Pero así como se diluía la espuma de la cebada, también lo hacían las ideas, así que preferimos pasar a la acción. El sábado siguiente a las 4 nos juntaríamos a poner en práctica lo conversado.

¿Cómo le ponemos a esta cosa?, preguntó el dueño de casa. “3 Primates” respondí casi sin dudar, como si el destino me lo hubiese susurrado al oído. Nos miramos entusiasmados entre todos, como seguramente se miraron «Los Vinchukas» sin imaginar su futuro, y quedo sellado el nombre en pocos segundos.

El entusiasmo nos llevó a tirar líneas sin pensar ese mismo día. Sin planificar. Había que generar plata luego por lo que teníamos que tener el producto pronto. Lo más pronto posible. Uno de nosotros tenía un tío que tenía un amigo que estaba casado con una mina que quizá nos podría comprar el cuento.

Felices y ansiosos hicimos un prototipo “bien bonito”. Con algunas fallas, pero práctico y funcional, que imaginábamos podría haber ayudado a más de algún escolar; eran cds interactivos. Muy parecidos a los que traía la enciclopedia Salvat, pero para niños. Era una idea genial. Era genial. Era una idea. Fue.

Al cabo de unos meses, la señora del amigo del tío de uno de nosotros, cambió de trabajo y de paso, también, nuestros planes. Había que generar lucas pronto, lo más pronto posible, por lo que cada uno tomo caminos distintos. Ramas distintas, mejor dicho, éramos primates.

….

365 días pasaron cuando conocí a una chica que trabajaba en un colegio muy especial: Corpaliv se llamaba la escuela. Se llama. Ellos necesitaban alguien que les viera su sitio web. “Hay que cambiar unas imágenes nada más”, me pidieron. $10.000 les cobré por diseñarlas. Era poco, pero era algo. “¿Y puedes subir esas imágenes a la web?”, preguntaron. Si, respondí sin decir una palabra, solo moviendo la cabeza sin pestañar. Sin saber lo que tenía que hacer. “Perfecto, ¿y cuánto nos cobras por eso?” contra-preguntó la presidenta del colegio. Nada, respondí sin pensar, nuevamente. Va gratis. Ella me miró, sonrió olfateando mi inexperiencia, y me dijo “OK, trabajemos juntos”. Dio media vuelta y caminó hacia una de las salas donde mi amiga nos miraba por la ventana.

Nervioso aún, me giré, apreté los ojos, y agradeciendo a Dios – en quien había empezado a creer hace unos meses atrás – caminé hacia el portón de salida, feliz, hasta que me detuvo la voz de María Angélica – la presidenta de la escuela – que desde la entrada a la casa preguntaba algo dudosa: “Arturo, ¿tu trabajas en esto, cierto?”.

Si, medio respondí en voz baja. Si, volví a decir más seguro. Trabajo en esto, gracias por confiar en PRIMATE.

Mi amiga ahora es mi pareja. Ellos fueron el primer cliente. Lo son aún.

 

 

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